Plutarco, en «Vida de Bruto»: «Bruto creía que no era homicidio herir a quien había abolido las leyes; pues pensaba que César había destruido la forma de la ciudad y que la muerte del que gobierna sin límites no es venganza, sino medicina».
O bien Juan de Mariana en «De rege et regis institutione» (1599): «Si el príncipe se convierte en tirano manifiesto y arruina la república, no debe juzgarse injusto que cualquier particular, movido por el amor a la patria, le quite la vida, pues no mata a un rey, sino a un enemigo público».
En fin, que cortar la cabeza al enemigo y al tirano tiene una larga justificación política. No se lo considera rebelión inmoral, sino defensa racional. Juan de Salisbury , en «Policraticus» (1159), uno de los textos medievales menos citados fuera de círculos especializados, pero crucial, nos dice: «Quien toma el lugar del tirano, y no del príncipe, se separa del cuerpo político; y así como es lícito abatir a la bestia que amenaza la comunidad, así no es homicida quien golpea al tirano, sino defensor de la ley». Nihil novum sub sole.
Como nota muy erudita recordemos a Jean Boucher, fraile dominico, casi totalmente olvidado excepto en círculos de especialistas en guerras de religión francesas. Escibió en «De justa abdicatione Henrici III» (1589) -texto explosivo, pues justificaba la eliminación del monarca como acto religioso-: «Cuando el rey deja de ser custodio del altar y se vuelve perseguidor de la verdadera fe, el puñal del fiel no es traición, sino juicio; pues el tirano abdica antes en su conciencia que en el trono».
Deponer, asesinar a generales, políticos, policías, espías, o los regicidios y los magnicidios, estuvieron a la orden del día en nuestra historia.
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La sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución violenta; pues el aparato de opresión no se disuelve, se rompe, declaró Lenin tan pancho. No, la moral revolucionaria no suele ser la de los tiempos pacíficos.
Sergei Nechaev, en su «Catecismo revolucionario» (reediciones clandestinas s. XX y XXI) escribió despiadadamente: «El revolucionario ha roto con toda moralidad convencional; para él solo existe una ciencia: la destrucción».
Abraham Guillén, en sus manuales guerrilleros (ediciones latinoamericanas marginales) fue un economista español exiliado, y leído sobre todo en círculos terroristas. Nos justificó ideas repulsivas como la que sigue: «La acción armada no es fin en sí misma; es catalizador político que obliga a la sociedad a revelar sus contradicciones».
Frente a estos panfletarios, y otros muchos, que justifican la violencia política, se pueden oponer muchos argumentos. Citaré a un clásico como autoridad, Mrs. Arendt:
«El poder y la violencia son opuestos; donde uno domina absolutamente, el otro está ausente. La violencia puede destruir el poder, pero es incapaz de crearlo».
Frente a Fanon o Sartre resuena en mí la música cognitiva de la pensadora alemana:
«Nada ha sido más común en la tradición revolucionaria moderna que la glorificación de la violencia como fuerza creadora; pero la experiencia histórica muestra que su fruto más constante es la burocracia del miedo».
Vale.
