Cabaleiro 36

Casanova, en su vejez, afirmaba querer ofrecer una versión moderna de la «Ilíada», pero en realidad no dominaba el griego. Trabajaba sobre traducciones francesas e italianas previas, corrigiéndolas con su propio estilo. En cartas privadas se queja de que los traductores «domestican la violencia heroica y el deseo sensual de los dioses».

Casanova defendía que Homero debía leerse como un poeta profundamente carnal, donde la belleza física y la seducción forman parte de la política heroica. Para él, Helena no era solo símbolo trágico, sino «mujer peligrosa por exceso de gracia». Muchos eruditos vieneses se burlaron de su proyecto; él respondió con ironía diciendo que prefería “equivocarse con Homero que acertar con los mediocres”.

Según testimonios del entorno del conde Waldstein, interrumpía el trabajo de traductor y redactor de sus memorias para recibir a visitantes —a veces damas locales fascinadas por el mito viviente— y luego retomaba los textos como si nada.

Por cierto, decía que los eruditos del siglo XVIII habían vuelto a Homero un «sacerdote» cuando en realidad era «un cantor de pasiones humanas».

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