Paradójicamente, el debate profundo, la política deliberativa, vuelve a ser casi una práctica de minorías, como en ciertos círculos ilustrados del XVIII, concretamente la encontramos en ensayos largos, podcasts de larga duración y pequeñas comunidades intelectuales.
En el s. XXI la saturación informativa destruye la posibilidad misma de deliberar. La televisión premia la imagen y las redes la reacción inmediata. Si la televisión jibariza el discurso, las redes sociales lo fragmentan y trocean. El objetivo no es convencer a quien escucha o lee durante horas, sino generar imágenes que funcionen en redes.
Neil Postman se volvió casi profético cuando afirmó que al adoptar la política la lógica del entretenimiento, no puede evitar mimetizarse con el entretenimiento. El fenómeno atraviesa todo el espectro político.
El mitin ya no es exposición doctrinal, ni discusión programática, sino más bien un acto performativo destinado a circular en clips breves. Digamos que ya no convencen programas económicos, pruebas o hechos, sino reflejos emotivos. Guy Debord lo expresó con precisión: “Toda la vida de las sociedades donde dominan las condiciones modernas se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos” (La sociedad del espectáculo, 1967)
Se dejan de sopesar y enfrentar y dirimir argumentos, y se confrontan identidades, se escenifican emociones, y se alimentan el miedo o la adhesión rápida.
En el s. XIX, incluso el adversario era tratado como alguien al que había que persuadir mediante argumentos. John Stuart Mill lo formula con claridad: “El único modo de acercarse a la verdad es oír lo que pueden decir quienes piensan distinto” (On Liberty, 1859) La política era agonística, pero retórica en sentido clásico, es decir, convencer mediante razones.
Los famosos debates Lincoln-Douglas (1858) podían durar tres horas seguidas por candidato. El público gritaba, sí, pero seguía líneas argumentales complejas ¿Por qué? Porque la sociedad estaba entrenada en la lectura continua. La política era una extensión del hábito lector. Tocqueville lo intuyó mucho antes de la televisión: “Los periódicos hacen la asociación… mantienen a los ciudadanos atentos unos a otros.”
Vito Quiles es uno de los reyes del show. Pragmáticamente su presencia en el mitin de Zaragoza es una decisión inteligente, pero empobrece y entristece a los dinosaurios que todavía creemos en la política como un arte del razonamiento.
NOTA BENE: No deseo idealizar el s. XIX. Había un populismo brutal, la prensa era incendiaria y los insultos personales constantes. Además creo que siempre hubo espectáculo. Lo que cambió es el énfasis, la intensidad, el formato técnico.
Nosotros también participamos del espectáculo cuando lo denunciamos.
