Juvenal, «Sátiras», I (s. I-II d.C.): “Las leyes se tejen como redes: atrapan a los pequeños y dejan pasar a los grandes”. Y mi maestro Tácito, en «Anales», III: “Cuanto más poderoso es un hombre, menos se somete a los tribunales”.
Las élites buscan ampliar su margen de acción, lo que puede traducirse en una esfera moral propia. La riqueza crea no solo privilegios materiales, sino también una ética distinta. F. Scott Fitzgerald , «The Great Gatsby»: “Eran gente descuidada… destrozaban cosas y personas y luego se refugiaban en su dinero”. Percibo en estos ultrarricos opulencia, pero también miseria privada.
En la Roma tardía grandes latifundistas evadían obligaciones fiscales, contribuyendo al desgaste institucional. En las Repúblicas italianas renacentistas, familias bancarias como los Medici ejercían un poder casi estatal con escasa rendición pública. Los élites tienen otra ley, que no siempre se escribe. Guillermo de Malmesbury, «Gesta Regum Anglorum»: “Quo ditiores, eo securiores a censura”, “Cuanto más ricos, más seguros frente al reproche”. Las élites no desaparecen, se transforman, y justifican sus privilegios mediante nuevas ideologías. Banqueros genoveses, aristocracia eduardiana, magnates de Internet…nada nuevo bajo el sol.
