A mi juicio, la ociosidad presenta dos caras, un polo positivo y uno negativo.
Me digo a mí mismo a menudo que la soledad es caldo de cultivo de la melancolía; cuando no hay fricción con el mundo, la mente se vuelve tribunal, verdugo y testigo, todo a la vez. La ociosidad es combustible a esa acedía: “no hay mayor causa de melancolía que la ociosidad; no hay mayor remedio que el estar ocupado” (formulación asociada a Burton)
El eco interior se agrava por rumiación; la mente sin tareas se vuelve una máquina de fabricar fantasmas. La ocupación —aunque sea modesta— funciona como anclaje; saca el foco de la autoobservación mórbida. Y la compañía corrige el espejo deformante: el otro te devuelve proporción (no “solución”, justa proporción)
Como contraargumento (puede haber un ocio fértil) me gustaría citar un pasaje de la lúcida obra de Stevenson, «An Apology for Idlers» (1877):
«La actividad extrema, ya sea en la escuela o en la universidad, en la iglesia o en el mercado, es síntoma de una vitalidad deficiente; y la capacidad para la ociosidad implica un apetito amplio y un fuerte sentido de la identidad personal. Hay una especie de gente medio muerta, rutinaria, que apenas es consciente de vivir salvo cuando ejerce alguna ocupación convencional».
Entre la retirada noble y la haraganería sin forma hay apenas un matiz: el propósito. El ocio sin estudio es muerte y sepultura de un hombre vivo. No llamo buen ocio a la inercia, sino al uso noble del espíritu; es lícito retirarse de los deberes, si nos volvemos hacia estudios mejores. La ociosidad innoble derriba la salud, embota el espíritu y engendra mil imaginaciones vanas. No seas solitario, no seas ocioso… pues la ociosidad es la ruina del cuerpo y del ánimo, nodriza de desórdenes y madrastra de la disciplina, nos advirtió Burton.
Sabias palabras, y difíciles de obedecer.
