Cabaleiro 47

Thomas Meyer lo formula de manera casi quirúrgica: la “media democracy” sería la colonización de la política por la lógica mediática, con partidos y élites adaptándose a “fórmulas” del teatro y la producción audiovisual. Lo real adopta la forma de lo visible-viral. Lo que no cabe en 12–25 segundos se degrada a “no existente”. Y lo que sí cabe suele ser la indignación demagógica, la burla, la amenaza, la consigna elemental, el eslogan y la moralina simplona.

Se sustituye el argumento por el golpetazo retórico, la exposición del programa político por el énfasis en señales identitarias excluyentes, la complejidad por la solución y el enemigo simples, y en lugar de diálogo encontramos escenificación del conflicto para consumo del votante. No se intercambian ideas, sino imágenes.

Observamos un estilo sofístico agrupado en binomios: decente / corrupto, pueblo / élite, grupo / territorio, medio / casta, e innumerables falacias que funcionan como anzuelos (ad hominem, ad populum, falacia de intención, pendiente resbaladiza, cherry picking etc.) Y todo envuelto en una emocionalidad directa, populista y espectacularizada. Existe asimismo un retroceso o erosión del pensamiento deliberativo. Por ser ideología “delgada”, el populismo se adapta a izquierda y derecha.

España hoy me recuerda la idea de Salustio de una Roma avariciosa, ambiciosa y corrupta. En «Bellum Catilinae» describe cómo la avaricia “subvierte” la fe, la probidad y las buenas artes, y enseña a tener “todo en venta”. Es, literalmente, un retrato del político que convierte el cargo en mercado. E incluso esta España la asocio a Polibio que, en «Historias» (libro VI), distingue formas “buenas” políticas y sus degeneraciones; para la democracia en concreto, la degeneración es la “regla salvaje de la violencia” (lo que luego se llama oclocracia, el gobierno o dominio tumultuario de la multitud)

Tiempos de grisalla atroz.

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