Cabaleiro 49

Se insiste, con razón, que en política clásica las instituciones importan… pero -obviamente- los temperamentos también. Cuando los líderes se detestan, la política se vuelve más rígida que los programas. La psicología de los dirigentes, a mi juicio, es una enfática variable política. Posibles coaliciones no fracasan solo por ideología, sino por memoria emocional acumulada, por crispación acumulada. La polarización personal puede bloquear opciones estratégicamente plausibles.

“La política se hace con la cabeza, no con otras partes del cuerpo o del alma; pero para sostenerla se necesita pasión y sentido de la proporción. El enemigo mortal del político es la vanidad… pues convierte la lucha por la causa en lucha por la propia persona”, Max Weber, «La política como vocación» (1919)

“Las relaciones entre Estados o partidos no son puramente lógicas; están mediadas por hombres concretos, con orgullo, resentimiento y memoria. Una decisión que sería racional en abstracto puede volverse imposible por el carácter de quienes deben firmarla”, Raymond Aron, «Paz y guerra entre las naciones»

“El mundo común se destruye cuando los hombres dejan de hablarse; donde el adversario deja de ser interlocutor y se convierte en enemigo moral, la política degenera”, Hannah Arendt, «La condición humana».

Para mí el PSOE y el PP sacrifican la eficacia al gesto histriónico. El fuerte antagonismo de sus líderes es como un teatro que debilita a nuestra nación. La reconcialiación se interpreta como debilidad. Si lográramos un lenguaje más técnico que moral, si se lograse escindir la legítima crítica pública política (argumentos, no insultos) de la negociación privada, si se combinasen convicciones firmes con la disposición a aceptar lo imperfecto, si se diesen estas condiciones, España saldría ganando.

La ecuanimidad se vuelve sospechosa porque la política mediática recompensa el dramatismo, el aparatoso conflicto. Ser tachado de «tibio» es como tener una grave enfermedad. Casi me sé de memoria una cita de Ralf Dahrendorf: “Las sociedades abiertas sobreviven gracias a políticos aburridos: hombres capaces de compromisos grises que impiden catástrofes negras”.

En Alemania, Austria y Holanda hay o hubieron coaliciones entre liberales-conservadores y socialdemócratas. A mí me encantaría una entre el PSOE y el PP (uf, qué dice éste), idearios con mayor afinidad y aire de familia que con los populismos de izquierda o derecha, que siempre los percibí como astrólogos ideológicos frente a los astrónomos del hemiciclo.

Pero nos hallamos ante un cambio cultural. La política democrática se desplaza del acuerdo racional a la afirmación identitaria; el compromiso ya no es virtud, sino sospecha. Ser un equidistante es como ser un estigmatizado enfermo mental. PSOE y PP comparten bases comunes (economía de mercado, Estado de derecho, sociedad abierta etc.); la altura de miras podría unirlos.

Raymond Aron lo dijo con una lucidez que parece escrita para hoy: “Los regímenes libres mueren menos por sus enemigos que por la incapacidad de sus propios dirigentes para reconocerse mutuamente como necesarios”.

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