Cabaleiro 62

(Sobre el concepto de servidumbre)

El hombre moderno cree vivir rodeado de opciones, pero casi todas son variaciones al mismo molde. Cambia de consignas como quien cambia de traje, sin advertir que el patrón sigue siendo idéntico. La libertad proclamada por la época no es elección auténtica, sino un menú reducido que tranquiliza conciencias inquietas.

La verdadera servidumbre no se impone con cadenas visibles, sino con una educación sentimental que enseña a desear lo que todos desean. Quien habla como todos, siente como todos y repite los mismos gestos de aprobación vive convencido de su autonomía, cuando en realidad habita una prisión decorada con espejos.

La época democrática halaga al individuo diciéndole que es único, mientras lo integra en un flujo uniforme de gustos, opiniones y modas. El hombre libre no es el que participa en ese coro, sino el que aprende a escuchar una música distinta, aun a riesgo de quedarse solo.

No se trata de una cuestión de origen social, sino de espíritu: la vulgaridad nace cuando alguien desprecia todo aquello que exige esfuerzo o memoria. La masa no odia la cultura porque la desconozca, sino porque sospecha que revela su propia mediocridad.

El resentido moderno convierte la ignorancia en virtud y llama elitismo a cualquier gesto de excelencia. Prefiere derribar estatuas antes que aprender a contemplarlas, y celebra la caída de todo lo que no puede comprender.

Allí donde la conversación se reduce al eslogan y el arte se mide por su facilidad, florece esa humanidad gris que sospecha de cualquier forma de belleza exigente. No buscan elevarse, sino arrastrar hacia abajo todo lo que sobresale.

El refinamiento se vuelve una forma silenciosa de resistencia. Leer con pasión, elegir con cuidado, cultivar el gusto propio… son actos casi subversivos en una época que premia la velocidad y la aprobación inmediata.

El individuo verdaderamente libre se reconoce por su distancia interior; participa del mundo sin entregarse por completo a él. Sabe que la cultura no es un adorno social, sino una disciplina que separa a quien vive de quien simplemente se deja vivir.

Mientras la multitud busca validación en el ruido, el espíritu aristocrático aprende a habitar el margen. No aspira a convencer a todos, sino a preservar una dignidad íntima frente al espectáculo de la vulgaridad.

La vulgaridad es siempre multitudinaria.

Nada hay más triste que el resentimiento contra la excelencia.

Nada hay más moderno que la pasión por rebajar todo.

La cultura no salva al mundo; salva al individuo.

La libertad auténtica no busca convencer a la multitud.

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