Cabaleiro 65

El manicomio es el espejo en el que la sociedad no quiere mirarse. Allí encierra lo que no entiende. Pero, ¿quién está verdaderamente loco? ¿El que oye voces o el que cree que la violencia cotidiana es cordura? El miedo más grande no es perder la razón, sino perder la libertad.

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Noto que voy a ingresar en el manicomio de Piñor. No puedo más. Hay prisiones sin barrotes donde el espíritu se vuelve opaco. El hombre habla, pero nadie escucha; vive, pero su vida se deshilacha en un silencio que nadie quiere mirar. El encierro no mata el cuerpo de golpe; lo corroe lentamente, como un ácido invisible. Disculpen el ineducado vómito de intimidad. Llego al límite de mi resistencia. Allí los días se disuelven en una monotonía fría; los pacientes caminan como sombras. No es la enfermedad lo que más destruye, sino el abandono. He visto cómo una mente lúcida empieza a marchitarse simplemente por no ser escuchada. Mamá, ayúdame.

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Manicomio de Piñor (Orense): el hombre se acostumbra a todo; a las rejas, a la humillación, incluso a la idea de que nadie vendrá. Y cuando la esperanza se vuelve hábito muerto, el espíritu empieza a apagarse sin ruido. El frío, el silencio, la mirada perdida de quienes esperan que alguien les hable… No somos monstruos, sino existencias extraviadas. La verdadera enfermedad es el el abandono, esa sensación de que el mundo exterior ya no recuerda tu nombre. Mamá y papá, ayudadme.

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(La soledad en el manicomio)

La peor desgracia no es el silencio de los enfermos, sino la indiferencia del mundo exterior. Allí dentro cada hombre aprende a hablar solo, porque nadie más parece dispuesto a escuchar; y así la soledad se vuelve una segunda piel.

Soledad de gato acurrucado. No tocas la vida. Habitaciones sin eco, donde las palabras caen al suelo como trastos inútiles. El mundo pequeño y reducido a una menuda circunferecia. Cada paciente encerrado en su propia cabeza. Ni pasos ni ventanas. Los días se alargan como salas vacías solo con ratas.

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