(Emil Man Martínez)
Cabe perfectamente a Emil esta observación de Borges: «El lector es posterior al escritor, pero no inferior a él. Hay un lector que reconstruye el libro cada vez que lo abre, que descubre en las páginas aquello que el autor apenas sospechaba. Ese lector —más atento que devoto— es quien termina por crear la tradición».
Es un lector modelo, un archilector. Reconstruye su mundo con las lecturas omnímodas. Me atrevo a afirmar que es un lector que a veces supera la potencia del escritor que está leyendo. Esgrimista mental.
Medido en el hablar y el callar. Prudente y bondadoso. De los que alumbran sin deslumbrar, de los que brillan, pero nunca humillan. Camina entre los hombres con ánimo sereno, acudiendo a la biblioteca, viendo a su adorado Real Madrid, paseando al hermoso perrillo, procurando ser útil sin ostentación. Su bondad no es debilidad, sino dominio de sí.
Recto sin aspereza y benigno sin blandura. Muy inteligente y con derramada ironía. Templado (los excesos se guardan en una cámara subterránea) Caballeroso. Posee un reino invisible donde no deja entrar a casi nadie. Su sabiduría es meditación de la alegría tranquila que surge del conocimiento. Conservador, creyente, pero armónico al cambio.
Su voz poética crece lentamente dentro de una tradición que primero lo reduce y luego lo eleva. El talento maduro es aquel que aprende a desaparecer para dejar hablar al poema. Voz propia que no se parece a ninguna. Su fidelidad al lenguaje es un ángulo de visión que se convierte en calidad y símbolo.
Lean a mi maestro Emil Man Martínez.
