(Kathy Acker)
Acker vandalizaba textos canónicos, con su prosa cruda, abrasiva y musculada, corporal. Chaqueta de cuero, cabeza rapada, tatuajes: una obra de arte andante. Provocadora. Reescribió a Dickens, Cervantes, Sade y otros; más que “robar”, lo entendía como una forma de mostrar cómo la identidad se construye a partir de lenguajes heredados. Archilectora convertida en autora. Visceral a la vez que intelectual, violenta y delicada. Teatral, irónica, inquietante. Feroz, saqueadora, lírica. Bajo su agresividad latía una notable ternura.
No somos tan diferentes; Acker escribe desde la carne; yo desde la biblioteca interior. Acker piratea, yo gloso la tradición (también plagio) No soy un iclonocasta como ella, sino un continuador y comentarista. Pero en mis elegías y melancolía esperpéntica, Acker resuena en mí. De alguna manera mis «collages» tienen ecos barrocos; los suyos suenan a avenidas neoyorkinas y night-clubs.
Ambos transformamos la lectura en escritura, convertimos la identidad en material literario. Ambos construimos una figura autoral consciente de sí misma.
Kathy Acker sería una pirata que incendia la biblioteca para escribir sobre sus cenizas. Yo soy un lector que camina entre los anaqueles intentando salvar las voces y convertirlas en diario.
En la mesa del café, un cuaderno abierto, citas de Joubert y Rilke subrayadas con tinta oscura. Kathy respira a mi lado.
