Cuando la luz escasea, el ánimo se repliega, y en quienes ya traemos una sensibilidad más intensa o una historia clínica a cuestas, el paisaje exterior puede convertirse casi en una cámara de resonancia del dolor.
Ah cuando el cielo bajo pesa como una tapa sobre el espíritu que gime bajo largos aburrimientos, y cuando, abrazando todo el círculo del horizonte, derrama un día negro más triste que las noches… Languidece mi corazón. E mentres chove, meu ben, o corazón tamén chora. En el aire húmedo parece que todo suspira; la tarde muere como hogares humildes; los caminos parecen embarrados pensamientos cansados.
Mi alma es una tarde gris, monótona, que no descansa, la lluvia insiste como un metrónomo. La lluvia cae sobre los tejados viejos de mi casa. Penumbra, conversación callada y sombra.
Porque el aire espeso y los días nublados inclinan el espíritu a la tristeza. Porque los climas húmedos engendran contemplación melancólica y pesadumbre.
El cielo bajo reduce la actividad exterior, empuja al estudio fatigado y al ensimismamiento (sopor de rumor hipnótico), y convierte la mente en un laboratorio de pensamientos repetitivos. No pocos sabios nacen en climas severos porque la meteorología obliga a mirar hacia dentro. No soy uno de ellos.
Lluvia: tristes ideas fijas. El tiempo parece más espeso y lento. Lluvia: desgaste e inutilidad. El mundo confirma tu cansancio interior. El repiquetear silencioso es dramático, románticamente tenebroso. El cielo gris me vuelve hacia adentros mórbidos. Escribir parece inevitable para dar consistencia al mundo.
Percibes tu fracaso, se infiltra en tu conciencia el negro pasar del tiempo. Turbiamente se empaña el ánimo. La falta de luz invita a una lucidez fantasma. Lluvia persistente: velo en la mente.
Galicia bajo la lluvia es un país pensado por un filósofo triste.
