Cabaleiro 74

«Cuando la música de Bach despliega sus voces entrelazadas, el oyente no percibe una mera sucesión de sonidos, sino una catedral invisible que se eleva con pilares sonoros. Cada línea parece independiente y, sin embargo, todas obedecen a una ley secreta que las reúne. Allí donde otros compositores buscan agradar, Bach parece querer revelar el orden profundo del universo. Su arte no halaga el oído: exige recogimiento, como si el espíritu fuese llamado a una contemplación más alta que el placer», E.T.A. Hoffmann.

«Bach poseía una ciencia musical tan vasta que parecía no tener límites. Pero lo admirable no era sólo su conocimiento, sino la forma en que lo transformaba en expresión viva. Sus fugas no son ejercicios eruditos; son discursos donde cada voz habla con claridad y necesidad. En él, el rigor matemático y la emoción más profunda no se contradicen: se sostienen mutuamente como dos columnas de un mismo templo», Johann Nikolaus Forkel.

«Escuchar a Bach exige aprender a respirar de otro modo. Allí donde la música moderna se abandona al efecto inmediato, Bach obliga a un recogimiento severo, casi ascético. Su arte pertenece a una humanidad todavía capaz de creer en el orden, en la forma, en la paciencia. En sus corales se oye una fuerza que no busca impresionar, sino perdurar», Nietzsche.

«La música de Bach no es solamente arquitectura sonora; es lenguaje simbólico. Cada figura melódica, cada giro armónico puede entenderse como un gesto espiritual. El oyente que se abandona a su flujo descubre que la emoción nace de una claridad interior, no del exceso sentimental. Bach habla un idioma que une pensamiento y fe, rigor y ternura, humanidad y trascendencia», Albert Schweitzer.

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