(Sánchez)
Alto y seco, mejillas hundidas, rostro de papel antiguo; aparentemente parece enfermo, pero le hierve la entraña. Se diría que vive a base de café malo, bilis y noches largas. Los ojos, desconfiados, se mueven como los de un animal alerta. Huesudo, arrugado y cóncavo. Casi espectral.
El Ricardo III de Shakespeare convierte la ambición en espectáculo. Seduce al público y a los personajes con cinismo, cálculo y humor negro. Sánchez lo sabe: el público cree en lo que oye repetir; conviene dividir los afectos antes que las fuerzas; el tiempo es más decisivo que la idea y pesa más que la evidencia; el lenguaje es un arma blanca; cada ceremonia es un escenario.
“Now, gods, stand up for bastards!», Edmund, en «El rey Lear»: «¡Ahora, dioses, defended a los bastardos!»
El diablo puede citar las Escrituras para sus fines.
Simula y disimula; saber disimular es saber gobernar.
