Europa vive hoy una discusión que recuerda al diálogo entre Settembrini y Naphta en «La montaña mágica». El primero defendía una civilización abierta, educada en el humanismo y en la cooperación supranacional; el segundo, la tentación de los absolutos identitarios y de los sistemas cerrados que prometen seguridad frente a la incertidumbre.
El discurso de Kennedy en Berlín —«ich bin ein berliner»— pertenece claramente al imaginario settembriniano: una identidad política que trasciende la nación para fundarse en valores universales. Frente a ello, el resurgir de nacionalismos europeos evoca el argumento naphtiano, brillante y seductor, pero históricamente ligado a la fractura del continente.
Settembrini concibe Europa como una conversación continua entre espíritus libres, no como una fortaleza cerrada. La palabra es la civilización misma, afirma en la novela, y esa fe en el lenguaje político resuena en la libertad universal invocada por Kennedy. En otro lugar dice: «El progreso es la ley moral de la humanidad», lo que resume su fe ilustrada en Europa como proyecto abierto. Naphta encarna con inquietante claridad la lógica espiritual que hoy reaparece en ciertos discursos soberanistas europeos. No defiende solo la frontera, sino la idea de que la comunidad necesita tensión, disciplina y una verdad superior que la cohesione. Allí donde Settembrini habla de Unión, él responde con identidad absoluta y frontera.
Entre el “civis romanus sum” y el repliegue identitario no hay una novedad histórica, sino el retorno del viejo duelo europeo entre conversación ilustrada y fe absoluta. La pregunta «¿menos nacionalismo y más Unión?» no es nueva: es el eco del duelo ideológico que Thomas Mann puso en boca de sus dos profetas rivales, una discusión que Europa parece condenada a repetir cada vez que olvida que su verdadera patria fue siempre la conversación.
