Cabaleiro 85

La queja contra los patani, los zafios, los “hombres sin forma” no nace con el reguetón ni con la política contemporánea: atraviesa Roma, el Barroco y el siglo XX.

En latín, classicus no era primero una categoría estética, sino cívica y fiscal. Pero Aulo Gelio usa la palabra classicus scriptor para referirse a un autor de “primera clase”, es decir, digno de ser leído como modelo. Lo clásico, por tanto, implica autoridad, medida y ejemplaridad. No es sólo talento; es forma, disciplina del estilo, pertenencia a una tradición. Para los romanos, ser clásico equivalía a estar en la primera línea del gusto y de la responsabilidad pública.

El patán en la sátira romana es el rusticus, el hombre sin urbanitas. En el Siglo de Oro: el “estulto” o “villano” de Quevedo. En Valle-Inclán, la deformación esperpéntica que convierte la vulgaridad en espectáculo. Ese arquetipo lo encontramos encarnado en Trump o Bad Bunny.

El patán es grotesco y primitivo, áspero, bruto, carnavalesco, terco, hortera, categorías donde encajan a la perfección el reguetonero anti-ilustrado y el presidente acémila.

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