Cabaleiro 95

Immanuel Kant formuló quizá la defensa más influyente del universalismo: «Si la moral depende sólo de cada cultura, entonces prácticas injustas no podrían criticarse desde fuera». Además, si cada cultura tuviera su verdad incomunicable, el diálogo intercultural sería imposible.

El cosmopolitismo estoico, el humanismo renacentista, la Ilustración europea, aspiraron -muy legítimamente- a la universalidad. No afirmo que todas las culturas sean iguales, sino que la dignidad es independiente de ellas, y que la razón permite el diálogo sobre su base común.

Para mí la cultura no es todo lo que existe, sino lo que nos eleva por encima de nosotros mismos. El universalismo no niega las diferencias culturales, pero defiende una herencia compartida —literaria y filosófica— capaz de trascender identidades particulares. Interpreto el canon como puente hacia una humanidad compartida, no como imposición colonial.

Los derechos humanos no pertenecen a una cultura particular. El legado ilustrado —Kant, Voltaire— permite juzgar cualquier sociedad con criterios racionales compartidos. La cultura clásica permite salir del narcisismo identitario.

NOTA BENE: NOTA BENE: El puente común ya no está en Virgilio, Plutarco, Leibniz, la Biblia, Agustín, Newton, Carnap, Bohr ETCÉTERA, sino en los gossips sobre el hijo de Beckham, la familia real Noruega, Eurovisión, el Real Madrid, y demás nugae que difícilmente sirven para crear una personalidad o identidad cultural común de peso.

Cuando uno piensa en Ernst Robert Curtius, surge inevitablemente su idea de Europa como una continuidad espiritual sostenida por la retórica y la literatura latina. En «Literatura europea y Edad Media latina», Curtius no describe una Europa política, sino una Europa textual.

De eso hoy no queda nada, res de res, ladies and gentlemen. Y tiene razón, Sr. Llovet. Europa continúa soñando —quizá— con una identidad cultural unificada, pero sus símbolos ya no sostienen ese relato.

La celebrity culture no forma europeos sosegados.

Deja un comentario