Yo a veces no cuido mi lengua, e injuro y difamo, o bien hago mofa y befa. En mis libros suelo aclarar que eso no pertenece a mi carácter (dado a la ingenuidad y la bonhomía), sino que funciona como un quevediano mecanismo retórico para epatar. Pese a que me reprimo, se embosca todavía en mí aquel adolescente malicioso que era capaz de vender su alma por un hallazgo expresivo feliz, aunque hiriente. En clase puse motes crueles a profesores y condíscípulos (por ello, y tantas cosas más, junto a los libros que robé, bien ganado tengo el infierno)
El lenguaje exige moderación. Debe instruir sin herir y reprender sin ofender. Séneca, «Contra la injuria», en «Cartas a Lucilio»: “La lengua desenfrenada es señal de un ánimo sin gobierno”. Quintiliano observó que el verdadero orador es un hombre bueno que sabe hablar, es decir, la retórica no debe degradarse en mofa o agresión, porque el fin del discurso es formar ciudadanos, no humillarlos. Brillar, no humillar.
Pido perdón por las chanzas o descripciones ofensivas que revelaron a lo largo de mi vida mi alma nada bella (la lengua es mensajera del corazón) Lingua moderanda est. Nihil est tam incivile quam maledicentia. Oratio… sit mitis atque humana. Pido perdón por sumarme a la tribu de los bárbaros con mazas y garrotes, a la vez que expreso mi honda admiración por aquellos que se retractan de sus inevitables excesos.
