Cabaleiro 106

Sade, en «La Philosophie dans le boudoir», dibuja una ética hipócrita: en público, máscara; y en privado, desquite. Lo dice con un cinismo administrativo y gélido: “Tant que les lois seront telles qu’elles sont… usons de quelques voiles…; mais dédommageons-nous en silence…”. En «Juliette», la lógica se vuelve más brutal: no basta con absolver el crimen; hay que institucionalizarlo. En una página muy citada -que doy en francés- afirma: “Tout ce que nous faisons ici n’est qu’absoudre le crime, il faut l’encourager”. Clandestinidad, impunidad y complicidad, como en el caso Epstein.

En los «Anales», tras hacerse notorio que el depredador era el propio César, Tácito escribe que aumentaron los ultrajes y que otros, aprovechando la licencia, actuaban “con impunidad” bajo el nombre de Nerón. El mecanismo no cambia.

Epstein no es una excepción; es un método: espacios cerrados, circulación de personas, silencios incentivados, y una coraza de prestigio. En Sade eso se llama castillo; en Roma, palacio; hoy, isla, mansión, jet, agenda.

Sade teoriza el crimen; Roma lo legitima; la modernidad lo administra. Lo resume La Rochefoucauld: «Nos vertus ne sont le plus souvent que des vices déguisés», “Muchas de nuestras virtudes no son más que vicios disfrazados”.

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