Revel afirma que Europa, tras perder su hegemonía mundial en 1945, convirtió a EE. UU. en chivo expiatorio de su decadencia: “Cuanto más depende Europa de América para su seguridad y prosperidad, más la acusa de imperialismo». También denuncia que muchos intelectuales europeos fueron indulgentes con la URSS y ferozmente críticos con EE. UU., incluso cuando la evidencia histórica era abrumadora. Idea recurrente: “El antiamericanismo es el antioccidentalismo de quienes no se atreven a decirlo”.
¿Los errores estadounidenses se magnifican? ¿Los crímenes totalitarios se relativizan? ¿La democracia liberal se trata como sospechosa? ¿Las dictaduras antiamericanas reciben comprensión? ¿Detestamos EE.UU. por su éxito ecomómico y confianza en la libertad individual, algo que hiere nuestro narcisismo europeo? “No se trata de criticar a Estados Unidos, sino de explicar el mundo entero por su culpa […] En Europa, el antiamericanismo es el último refugio de las ilusiones ideológicas”, escribió Revel.
TRUMP NO ES AMÉRICA. La crítica a un gobierno concreto es legítima; convertirlo en esencia nacional es ideología. Yo mismo caí en esa trampa. Estados Unidos conserva la arquitectura de una democracia plural y resistente. Trump es polémico y disruptivo; su crítica, más que legítima, es necesaria. Pero Estados Unidos sigue siendo una democracia compleja, no un bloque monolítico y Europa no puede juzgar desde una pureza que no posee.
