Cabaleiro 114

Ficino, en «De vita triplici» (1489), vincula el temperamento melancólico con Saturno y con el genio contemplativo: “Saturnus facit homines solitarios, contemplativos, tardos, sed profundos”, «Saturno hace a los hombres solitarios, contemplativos, lentos, pero profundos». Y añade que, bien gobernada, la melancolía es fecunda para la filosofía.

Acaso los melancólicos seamos aptos para lo divino si se purifica nuestra mente. Juan Huarte de San Juan: “La imaginación es potencia que en los melancólicos suele exceder, y por eso inventan cosas nunca vistas.”.

Aquí, en la aldea, mi soledad es bálsamo y veneno. La acedía es un demonio que acecha. Mi figura o personaje de escritor solitario entre hórreos y volúmenes antiguos es profundamente saturnina. Pero recuerdo a Ficino: la melancolía -me digo- debe ser gobernada por la música, la amistad y la luz. Si el miedo y la tristeza perseveran largo tiempo, es melancolía. Si la imaginación se daña, engendra delirio. Mi ingenio, ay, se mezcla con la demencia.

«Modus servandus est», me repito como música cognitiva a no desoír.

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