Existen un tipo de novelas que leí en mi juventud, pero no he releído, a saber, de Thomas Mann el «Doktor Faustus», o «El hombre sin atributos», o «Paradiso», o «Berlín Alexanderplatz», o el «Ferdydurke» de Gombrowicz y, cómo no, «La muerte de Virgilio» de Broch.
Tengo una pálida memoria de su subordinación constante, los periodos extensos, las frases que “piensan” mientras avanzan (no solo cuentan), la disolución del “centro narrativo”. Su densidad abstracta no me invitan a revisitarlas, precisamente cuando tengo mayor poso y madurez intelectual y lingüística. Otros son ya mis apetitos (hace décadas que tampoco intento volver a leer a filósofos gnósticos como Hegel y Heidegger)
Un sola lectura no basta para juzgar la novela de Broch; antes de escribir esta nota le estuve echando un vistazo, y me pareció exasperadamente tediosa, monstruosa y magistral. La juventud lee por heroísmo intelectual. La madurez por cálculo hedonista. La gran novela minoritaria queda en un limbo: admirada, pero ya no deseada. De joven me regía un axioma: “Me sobrepasa, luego me eleva”. A los 40–50 (o cuando sea) ya no necesitas demostrarte nada: buscas placer afinado, no épica del sufrimiento.
Si con Schoenberg o Berg perdemos el hogar tonal, con Broch perdemos el hogar argumental. Lo difícil recibe odio fácil; y, sin embargo, lo difícil puede acabar siendo clásico. Acaso la relea a sorbitos, con humildad, 20 ó 30 minutos al día, como si fuera un poema. De lo que no hay disputa es de que se trata de una obra inmortal.
