¿Es Gabriel Rufián un pícaro español contemporáneo? La pregunta es pertinente. Tiene un despejado ingenio para sobrevivir, más astucia que honra, una moral flexible y pragmática, una vida itinerante, unos orígenes humildes. “Más vale ser astuto que necio en tierra ajena”, nos dice Mateo Alemán en el «Guzmán de Alfarache».
Rufián recuerda, en ese sentido, a Beppe Grillo (Italia), el fundador del Movimiento 5 Estrellas, un bufón que conquistó el castillo. O a Cicciolina (Ilona Staller), que llegó a ofrecer relaciones sexuales a Saddam Hussein a cambio de la paz.
Rufián, ese hombre. Lo asocio o evoco por su extravagancia (independentista que ofrece un programa político a todos los españoles), igualmente con Heliogábalo, dado a perfomances tales como organizar banquetes con pétalos que asfixiaban a sus invitados, o nombrar cónsul a su auriga favorito. Sin olvidar al último Austria español, Carlos II, exorcista y convencido de estar embrujado.
La ruptura de las normas, la teatralidad y la vida como representación son el territorio común del pícaro, el político y el rey extravagantes. A mi juicio, ahí cabe perfectamente el ínclito y estrafalario Rufián.
En España la política siempre acaba pareciéndose a una comedia de caminos: cambia el decorado, cambian los trajes, pero el Lazarillo sigue hablando desde el tablado.
Se cambió la taberna por el plató, la capa por el escaño. Pero la comedia —esa sí— continúa.
