Cabaleiro 120

El insulto estilizado, la invectiva culta, la sátira con nombres propios, la polémica ingeniosa, no son solo simple grosería; suelen ser ejercicios de retórica brillante, donde el ataque se convierte en espectáculo intelectual.

«Leí a Hemingway por primera vez a mediados de los cuarenta, algo sobre toros, pelotas y campanas, y me repugnó», Vladimir Nabokov. «No he leído Lolita y no pienso hacerlo, ya que la longitud del género novelesco no coincide ni con la oscuridad de mis ojos ni con la brevedad de la vida humana», Jorge Luis Borges.

«Nunca he conocido a un comunista tan deslumbrado por el lujo»,

Francisco Umbral (sobre Alejo Carpentier) Por poner tres ejemplos entre miles.

La mejor Santaolalla no alcanza a la peor Belmonte, en el sentido de que existe una disparidad intelectual y cultural astronómica entre ellas. Yo defendí a Santaolalla melindrosamente porque esa pobre chica me da bastante pena; dan ganas de caminar a cuatro patas tras escucharla, mitad bruja Lola mitad Yola Berrocal, la menor parte de inteligencia que cabe en un ser humano (afortunadamente tiene un punto extra en el C.I. para que no debamos regarla cada día)

Hace un ridículo enorme con su vehemencia anti-ilustrada (pecado venial de juventud, cabe suponer) A mí me pasó como a aquel ministro de Agricultura del PP, Arias Cañete, que en un debate televisivo no se quiso ensañar dialécticamente con su -claramente inferior-contrincante mujer por caballerosidad. En fin.

NOTA BENE: Pido disculpas por acercarme peligrosamente a la animadversión directa. Escribí de modo muy áspero y nada elegante. La gran invectiva suele ser indirecta y oblicua. Soy un misántropo que ama a la humanidad Soy mitad tonto mitad micropene.

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