La respetabilísima cultura burguesa presenta el amor como instinto universal, eterno y espontáneo. Idea a mi juicio opinable (el mito amoroso convierte una institución histórica en una emoción perenne) El amor romántico aparece siempre como fatal, absoluto, inevitable, dramático y redentor.
Pero la crianza de un hijo dura más tiempo que la experiencia amorosa. Estamos mal diseñados, hay un claro desajuste evolutivo. Mejor nos fuera que volviéramos al matrimonio de conveniencia, a las alianzas familiares estratégicas.
Para Schopenhauer el amor no es más que el truco de la naturaleza para asegurar la reproducción. Dos fantasías que procrean y se olvidan. Contabilidad ancestral sin destino. Y, sin embargo, óperas como «Tristán e Isolda», «La Bohème», «Madame Butterfly» o «La Traviata» convierten el amor en sacrificio sagrado. Y la música pop en liturgia sentimental. El mito sigue vivo.
La teología sentimental promete demasiado (aunque, ahora que lo pienso mejor, acaso no sea mejor solución un contrato frío) Siempre he sido reacio a perder todavía más mi razón.
Porque el amor romántico no fracasa por ser imposible, sino por ser demasiado creíble.
