PACTO PP-VOX
Talleyrand, que desconfiaba de las pasiones en política, recordaría que las coaliciones no nacen del afecto, sino del cálculo. Si el pacto dura, diría, será patriótico; si no, habrá sido simplemente imprudente.
Richelieu, más severo, no preguntaría por afinidades, sino por resultados. El Estado —insistía— no tiene amigos; tiene necesidades. Toda alianza es virtuosa si aumenta la potencia del poder central, y superflua si no la aumenta.
Fouché sonreiría. Para él, cada acuerdo es una tregua firmada por ambiciones que aún no han terminado de conocerse. La cuestión nunca fue quién gobierna en los papeles, sino quién gobierna en los pasillos.
El duque de Saint-Simon tomaría notas sobre la coreografía de los egos, el orden de las reverencias, la velocidad de las traiciones. Pepys, más doméstico, anotaría si la ciudad duerme tranquila y si los mercados abren a la hora.
Quizá el secreto de gobernar nunca fue la pureza, sino la suma. La aritmética, al fin y al cabo, es la forma más antigua de prudencia.
