«No confíes en ninguna idea que no haya nacido al aire libre y en movimiento”. Para Nietzsche, el pensamiento sedentario era sospechoso: la filosofía debía ser un ejercicio muscular, el paseo era una higiene mental y moral. El filósofo escribe «Así habló Zaratustra» caminando por montañas suizas e italianas. La forma aforística misma parece producto del paso: ritmo, respiración, ráfagas.
Por la tarde recorrer la Cornmarket Street, una calle peatonal llena de artistas callejeros, puestos de comida y negocios varios. El día excelente; buena idea ir en sábado. Otra vez el sol haciéndome compañía.
Tras ir y venir por el Market —no me gusta errar rápido—, fui hacia la Radcliffe Camera, The Queen’s College y University College. Reconozco que todavía estoy un poco desacostumbrado al flujo constante de turistas…
Desde Rousseau a Thoreau, el paseo crea un género: cuadernos, fragmentos, impresiones, epifanías mínimas. El paseo produce escritura breve porque interrumpe el mundo. “El paseo me inspira pensamientos, y pensamientos me inspiran el paseo”, dijo el gran santón andariego Robert Walser.
Recordemos al respecto a Edmund Percival Ashcroft (1842-1891) Ensayista menor, hoy olvidado, colaborador ocasional de «The Cornhill Magazine», excéntrico londinense que defendía el paseo como disciplina espiritual. Su libro «On Walking as One of the Fine Arts» (1878) es un eslabón perdido entre Stevenson y Walser.
Fragmento del libro: «The true walker seeks no destination, for arrival is the vulgar cousin of ambition. He goes forth instead to be gently diminished by shop windows, by puddles, by the modest industry of sparrows. A proper walk reduces the self to a tolerable size, suitable for passing unnoticed among doorsteps and hedges. One must walk not to conquer the city, but to be quietly adopted by it. In such agreeable anonymity the mind grows light, like a glove mislaid upon a bench. And thus, by degrees, the soul learns the polite art of becoming small».
«El verdadero caminante no busca destino alguno, pues llegar es el primo vulgar de la ambición. Sale más bien para ser suavemente empequeñecido por los escaparates, por los charcos, por la modesta laboriosidad de los gorriones. Un paseo adecuado reduce el yo a un tamaño tolerable, apto para pasar desapercibido entre portales y setos. Hay que caminar no para conquistar la ciudad, sino para ser adoptado silenciosamente por ella. En esa agradable anonimidad la mente se vuelve ligera, como un guante olvidado sobre un banco. Y así, poco a poco, el alma aprende el cortés arte de hacerse pequeña».
Caminar no engrandece al escritor: lo vuelve poroso.
