Esta noche —frío invierno y yo solitario en mi cama— tuve convulsiones sexuales. A punto de caer es mi reino. Deseaba, con fuerza de turbina, faire cattleya con la cocotte; respirar su piel dulce y salobre, sorberla, nutriendo y regulando la savia de las plantas; ah, la aromática lámpara que alzo estando ciego, ¿abajo trabajan obreros?, o junto a las sombras, cuando los deseos me ladran. Va vestida con un deshabillé de plata.
Lamer el sexo de ovillo, entrechocar el tumulto de dos lenguas, cenaremos muy bien esta noche; bañarme con ella sintiendo la burbuja de terciopelos que hiende la planicie del hielo; amar sus dientes italianos y musicales; engalanarme de perversión. Vasos con cerveza. Sábanas revueltas. Culebrear la serpiente, que se tocara la siringa, ayuntar las motas del cuerpo. T’estim, nina…
Esta noche me acometió un deseo de vida como una blancura al amanecer.
