Hiere el vacío afectivo real en una aldea minúscula de la Galicia profunda con noches inacabables y lluvia ininterrumpida. Friedrich Nietzsche escribe en «Así habló Zaratustra»: “¡Ay del que no tenga hogar! Pues no sabrá dónde reposar su corazón”. Nietzsche no tuvo esposa ni hijos. Y en sus cartas privadas aparece una y otra vez la herida del no-ser-amado. Lo comprendo perfectamente. Muchos escritores solteros elegimos más soportar la soledad que la soledad misma.
Temo transmitir mi tara genética. Dada mi naturaleza nerviosa y angustiada sería un mal marido y un mal padre. Me espanta el miedo a causar sufrimiento. Acaso el miedo a dañar fue en realidad miedo al vínculo. No sé. Virginia Woolf temía su inestabilidad. Nunca tuvo hijos, en parte, por temor a no ser capaz de sostenerlos emocionalmente. El ser humano necesita ser necesario para alguien. Mi biblioteca no sustituye a un abrazo. Preferí no transmitir un posible destino trágico a mis hijos.
¿La esquizofrenia cancela la posibilidad de amar y de ser amado? Mi renuncia pasada se volverá renuncia futura.
Soy un monstruoso viudo gestionando un perenne duelo.
