Bardem o Isabel Coixet, por nombrar a los más pintureros, pertenecen a esa especie que podríamos llamar «intelectual celebrity». Opinan sobre todo con una desfachatez deslenguada, de feminismo, Gaza, Trump, la Teoría de Cuerdas y dimensiones ocultas, la neuroestética, la paleografía latina o el reinado de Leovigildo.
Estos opinadores celebrities tienen antecedentes en el escritor “engagé” del siglo XX o el artista militante de los años 60. Su autoridad procede de la visibilidad mediática, no del trabajo intelectual especializado. Su capital simbólico no es la competencia, sino la fama. Son figuras del ecosistema digital, ayunos de episteme y ebrios de doxa, y su paradójica celebridad la otorgan las redes y los medios.
Las celebridades siempre han opinado. El problema es que ahora ocupan el lugar de los expertos, que son desplazados a márganes invisibles. El método, la prueba, los años de formación se han sustituido insensiblemente por la impresión, la moral espontánea y la emoción. No se basan para juzgar en una abundante bibliografía, sino en información periodística básica. Creen que si brillan en un campo, pueden brillar en todos.
La modernidad soñó con el reinado del experto. La posmodernidad ha coronado al famoso. Ya Heráclito nos advirtió que la mayoría vive como si tuviera una inteligencia privada. Los intelectuales no son necesariamente personas inusualmente inteligentes. Son personas cuya ocupación consiste principalmente en trabajar con ideas. Con ideas y no con saldos de ideas.
