Una cultura excesivamente vigilada puede volverse prudente o censora, timorata, homogénea, y, paradójicamente, menos tolerante con la diferencia intelectual y conductual.
John Stuart Mill, On Liberty, 1859: “Si toda la humanidad menos uno fuese de una misma opinión, y solo una persona fuese de opinión contraria, la humanidad no estaría más justificada en silenciar a esa persona que esa persona, si tuviera el poder, en silenciar a la humanidad. […] Si la opinión es correcta, se priva a la humanidad de la oportunidad de cambiar el error por la verdad; si es incorrecta, se pierde un beneficio casi tan grande: la percepción más clara y la impresión más viva de la verdad producida por su colisión con el error”. Mill es el gran defensor liberal de la libertad incluso para el error. La fricción es necesaria.
O Alexis de Tocqueville, De la démocratie en Amérique, 1835–1840:
“En América la mayoría traza un círculo formidable alrededor del pensamiento. Dentro de esos límites el escritor es libre; pero ¡ay de aquel que ose salir de ellos! No tiene que temer una inquisición, pero está expuesto a molestias de todo tipo y a persecuciones cotidianas. La carrera política le está cerrada; ha ofendido al único poder que puede abrirla. Se le niega todo, incluso la gloria. Antes de publicar sus opiniones creía tener partidarios; ahora parece no tenerlos, pues quienes lo censuran hablan en voz alta, y quienes piensan como él guardan silencio». Tocqueville describe ya en el siglo XIX una forma de censura social no legal, sino moral y mayoritaria.
Ahora la seguridad emocional se ha convertido en un valor supremo, y eso está erosionando la libertad académica o vital. La libertad no sirve para proteger lo cómodo, sino lo incómodo. La libertad incluye -debe incluir- libertad de ofender, si no, no es libertad. Una sociedad madura debe aprender a vivir con la ofensa sin convertirla automáticamente en persecución.
