Europa, a mi juicio, es una unidad administrativa, no emocional ni cultural. Lo que antaño unió el derecho romano, el latín, la herencia grecorromana, el cristianismo, las universidades, el canon filosófico y literario -pese a que la homogeneidad no era absoluta-, se fue volatilizando. Europa nunca será como EE.UU. Nuestra tradición común de pensamiento, crítica y cultura se diluye en las memeces de las redes y en el pacto fáustico de las finanzas.
Víctor Hugo expresó un bello, utópico, imposible, sueño europeo: “Llegará un día en que todas las naciones de nuestro continente, sin perder sus cualidades distintivas ni su gloriosa individualidad, se fundirán estrechamente en una unidad superior y constituirán la fraternidad europea. Llegará un día en que no habrá otros campos de batalla que los mercados que se abren al comercio y las mentes que se abren a las ideas. Llegará un día en que los cañones y las bombas serán reemplazados por los votos, por el sufragio universal de los pueblos”.
La Europa de la cultura se ha aniquilado a sí mismo. Europa entró en su invierno, está cansada y no cree en sí misma. Se rompió la transmisión cultural. Fracasó por agotamiento interno. Wolfgang Streeck lo expresa así: “La Unión Europea ha dejado de ser un proyecto de esperanza para convertirse en una máquina de gestión de crisis permanentes”. Y Mark Leonard indica algo a mi ver muy certero: “Europa corre el riesgo de convertirse en el museo del mundo”.
Avanzamos de crisis en crisis: crisis de natalidad, de identidad, de confianza etc. Douglas Murray, en «The Strange Death of Europe»(2017), acuñó una profética frase polémica: “Europa está cometiendo un suicidio”.
¿Podremos imaginar a Sísifo feliz?
