Cabaleiro 150

En la tradición clásica (griega y romana) se entendió la amistad como algo mucho más alto que el afecto emocional. No era simpatía ni afinidad superficial, sino concordia de almas y comunidad de virtudes, elección deliberada y lealtad estable, y perseverancia ante el conflicto o disenso. En ese marco, romper un vínculo por enfado pasajero o herida narcisista no era simplemente “mala educación”, sino inmadurez moral.

El “berrinche”, para Aristóteles, pertenece al ámbito de la pasión irreflexiva (πάθος), no de la elección racional (προαίρεσις) Y Cicerón, en «Laelius de amicitia», insiste en que la amistad no puede depender del humor cambiante. No debemos -creo- abandonarnos o gobernarnos por el simple y veleidoso capricho. La ira destruye lo que el tiempo construye. No creo que la amistad deba ser volátil, emocionalmente explosiva, teatral ni tampoco depender del ego.

Esa exigencia moral lenta y duradera en nuestros tiempos líquidos se convirtió en algo flexible, reversible y frágil. De la lealtad férrea pasamos a la mera sintonía efímera. La cultura digital acelera las rupturas. Hoy es una práctica normal bloquear, desaparecer, cortar. Mark Fisher, «Realismo capitalista» (2009): “La cultura contemporánea fomenta la desafección preventiva: no te vincules demasiado, no te comprometas demasiado”.

La amistad profunda no ha desaparecido, pero dejó de ser una promesa para convertirse en una opción. Los antiguos temían perder a los amigos; nosotros tememos necesitarlos demasiado. Tiempos modernos.

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