EL DUELO DE ÁYAX Y HÉCTOR Y LA HIPÓTESIS HEIDELBERGENSE DE LA INTERPOLACIÓN HELENÍSTICA COMO HOMOLOGÍA A LAS RELACIONES DE ABASCAL Y FEIJÓO
REVISTA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS
El duelo entre Áyax y Héctor en el canto VII de la Ilíada termina —según el texto que nos ha llegado— con una escena sorprendente: tras horas de combate brutal, ambos héroes intercambian regalos y se despiden como rivales respetuosos. Un momento hermoso de la epopeya. Héctor entrega su espada; Áyax, un cinturón púrpura. El gesto ha sido leído tradicionalmente como una cristalización del llamado código heroico: el enemigo digno no deja de ser, en el fondo, un igual.
¿Seguro que son así las cosas? Según la llamada hipótesis heidelbergense, atribuida al filólogo Ulrich-Konrad Heidenreich, éste propone una sospecha incómoda y argumentada. El intercambio de dones, arguye, podría no pertenecer al núcleo arcaico del poema. Esta idea causó un terremoto en el pequeño orbe filológico. ¿Qué sostiene el sabio profesor alemán? Que su tono conciliador rompe la secuencia de violencia acumulada en el duelo: las lanzas que atraviesan escudos, las rocas arrojadas con furia, los heraldos obligados a intervenir para evitar la muerte. La transición resulta, cuando menos, abrupta.
Heidenreich sugiere que ese final civilizado refleja una sensibilidad posterior, probablemente helenística, más inclinada a suavizar la guerra que a mostrarla en toda su crudeza. El enemigo, así, dejaría de ser el temible adversario irreductible para convertirse en rival homologable y «amistoso». No una reconciliación, obviamente, sino una serie de reglas que rigen el conflicto.
Llegados a este punto la escena de los regalos no sería el testimonio de una amistad inesperada, sino la puesta en escena de una misma pertenencia. Áyax y Héctor combaten con violencia real, pero dentro de un mismo aire de familia aristocrático; ninguno puede existir sin el otro como antagonista.
No hace falta forzar mucho la imaginación (y entramos en un campo espinoso) para advertir analogías. Dos líderes alfa que disputan un espacio político similar pueden intensificar su confrontación pública sin dejar de compartir, de hecho, un mismo terreno simbólico y electoral. La tensión se vuelve estructural. Cada uno define al otro. El intercambio de espada y cinturón —si fue realmente añadido por manos posteriores— podría leerse entonces como la imagen literaria de ese equilibrio precario entre competencia y espacio común.
Dicho sin rodeos, el duelo homérico no es tanto una escena de reconciliación como un modelo de rivalidad en modo y manera de ritual: adversarios que se enfrentan con dureza, pero cuya oposición está contenida dentro de un marco paralelo. La épica arcaica, reelaborada por la tradición, seguiría ofreciéndonos así algo más que arqueología literaria: una metáfora persistente de cómo funcionan ciertas disputas políticas, incluso cuando se proclaman, en los media día sí y día no, irreductibles.
