(La camarilla sanchista)
Hay algo profundamente romano en esta historia. Romano en el sentido más inquietante (todo nos inquieta en este gobierno de cayena y pimienta): el del poder que deja de habitar las instituciones y se repliega hacia los pasillos. Cuando el principado empezó a consolidarse, los viejos magistrados republicanos siguieron reuniéndose en el Senado, pero las decisiones verdaderas nacían en el círculo íntimo del príncipe, en esa zona imprecisa donde lo privado y lo público se confunden hasta volverse indistinguibles.
Los periódicos hablan día sí día no de la deriva sátrapa de Sánchez et alia. Los historiadores latinos aprendieron pronto a reconocer el síntoma: la aparición de la camarilla, del grupito de fieles que acompaña al líder –no graduados precisamente en una Ivy League– desde su ascenso y que, una vez alcanzada la cima, ocupa los puestos clave del Estado como una guardia pretoriana civil.
Así ocurrió con Sejano bajo Tiberio, con los libertos de Claudio, con los prefectos de Nerón y Domiciano. El mecanismo se repite con ritmo de metrónomo: primero la conquista del poder; después la fusión entre aparato político y aparato gubernamental; más tarde la red de clientelas, contratos y favores que convierte la administración en un sistema de reciprocidades; finalmente, la fase más peligrosa, cuando abandonar el poder deja de ser una opción y se transforma en amenaza personal. Entonces comienza la huida hacia adelante.
Tácito observó que, llegado ese punto, el imperio ya no se gobernaba desde el foro sino desde el palacio, y que el príncipe dejaba de sostener el poder para pasar a ser sostenido por él. El momento en que la proximidad al trono empieza a parecerse, para todos los que lo rodean, a una silla maldita. Y todos conocemos el colofón de cabeza de serpiente de esa silla.
