Sin imperio de la ley no hay previsibilidad; sin previsibilidad no hay libertad civil; y sin libertad civil la economía y la convivencia se degradan en arbitrariedad, miedo y privilegio.
La ley no es solo “castigo”: es previsibilidad. Si sé a qué atenerme, puedo emprender, contratar, invertir, discrepar, moverme, educar a mis hijos, asociarme… sin temer que mañana cambie el criterio por capricho. Hayek lo formula con su definición clásica del Estado libre: el gobierno debe estar atado a reglas previas y públicas. En «The Road to Serfdom» escribe: “government… is bound by rules fixed and announced beforehand”.
Cuando la norma se aplica “según convenga”, reaparece lo más viejo: la clientela. Los amigos del poder reciben trato; el resto, trámites. Y entonces la vida pública se llena de “concesiones” y “exenciones”, que son la antesala de la corrupción (aunque a veces vaya vestida de legalidad) La mayor amenaza para la democracia no es solo que se delinca, sino que se erosione la credibilidad de que “nadie está por encima de la ley”.
Von Mises aduce otra idea clave: su tesis general es que la cooperación social moderna se apoya en instituciones que reducen la violencia y el capricho; entre ellas, propiedad, contrato, tribunales previsibles. Donde el gobierno puede discriminar a voluntad, la disidencia y la autonomía se vuelven imposibles. Mises lo dice con crudeza: “individuals can be free… only where they are economically independent of the government.”
Permítanme acabar con una trenza de citas:
«Nada distingue con mayor claridad las condiciones de un país libre de las de uno sometido a un gobierno arbitrario que la observancia de los grandes principios conocidos como el imperio de la ley», Hayek.
«El imperio de la ley significa que el gobierno está sujeto a reglas establecidas y anunciadas previamente, reglas que permiten prever con razonable certeza cómo utilizará la autoridad sus poderes coercitivos» Hayek.
«EL IMPERIO DE LA LEY ES EL FUNDAMENTO DE LA CIVILIZACIÓN», Von Mises.
