EL BÚHO
Mi casa lleva cerrada meses. A cal y canto.
Pero apareció un búho en el pasillo
y voló hasta mi habitación.
Mamá y yo, con cuidado
-los huesos de los búhos son todo aire-,
con ardides, lo sacamos por la ventana.
Una ventana lisa y monocroma
que enseña al aire su magia.
Laicos ilustrados y empecinados eclesiásticos
ya no creen que Dios haga milagros.
Abro la puerta del comedor.
Y aparece otro búho.
Misterio de los movimientos ocultos,
séquito de ángeles bronquiales,
yemas de arcoiris mojadas por la lluvia.
Mi mamá se asusta. «No temas. No son búhos,
son el alma de los pájaros al alba
con huesos delicados llenos de aire».
Abro las ventanas de la galería.
El segundo búho vuela soberbio, lento,
a la primera, hacia la noche morada solo noche.
Un milagro del centro del bosque
pintado en los espejos y las bóvedas.
El Siglo de las Luces cabe
en la cabeza de los búhos,
o el noble gesto del último aliento de un César.
Nada es gris, obvio y desconchado
las tardes calladas de invierno.
