Tucídides, «Guerra del Peloponeso», III, 82–83: “La guerra civil trajo a las ciudades muchos males, como ocurrirá siempre mientras la naturaleza humana siga siendo la misma. Y lo peor fue esto: las palabras cambiaron su significado habitual para adaptarse a los hechos. La audacia irreflexiva pasó a considerarse valor; la prudencia, cobardía; la moderación, falta de virilidad; y la reflexión serena, mera excusa para no actuar. Los hombres se acostumbraron a ver en la violencia el camino más seguro y en la intriga el instrumento más eficaz”.
Cuando los hechos corruptos se acumulan, cambia la reacción social y finalmente cambia el significado moral de las palabras.
El escándalo deja de escandalizar porque el lenguaje se adapta al clima. El signo de decadencia no es que haya corrupción, sino que se vuelva costumbre social.
Nos hemos acostumbrado a la decadencia: Edward Gibbon, «Decline and Fall», cap. II: “The decline of Rome was the natural and inevitable effect of immoderate greatness. Prosperity ripened the principle of decay”, “La decadencia de Roma fue el efecto natural de su grandeza desmesurada: la prosperidad maduró el principio de su corrupción”. La decadencia no llega de golpe, sino por proceso acumulativo. Exactamente la metáfora de la cascada de escándalos del gobierno de Sánchez.
