Cabaleiro 176

Durante siglos, Dios fue el horizonte obvio de la realidad. La incredulidad era casi inconcebible: la religión formaba parte del clima del mundo, del aire mismo de la experiencia. Hoy vivimos en el marco inmanente: un mundo que puede explicarse sin Dios.

El individuo moderno ya no hereda un camino espiritual: debe elegirlo, construir su identidad y decidir qué tradición —si elige alguna— asumir. Creer se convierte en una opción entre muchas, y esto cambia radicalmente la experiencia religiosa. La religión pasa de ser una herencia a una elección (exactamente una de las tesis que defiende Innerarity)

¿Crea esta situación un drama espiritual? ¿Conlleva la libertad religiosa ansiedad, fragilidad y búsqueda constante? Taylor habla de malestar en la inmanencia. La sensación de que el mundo puede funcionar sin trascendencia y, sin embargo, no basta.

Muchos historiadores de la religión creen que nuestro momento se parece más al siglo III que a la Edad Media. En el Imperio romano convivían gnósticos, marcionitas, montanistas, adopcionistas, arrianos, cultos mistéricos, filosofías como forma de vida, astrología, magia y religiones orientales. No existía el cristianismo, sino cristianismos. No había ortodoxia socialmente garantizada, sino competencia entre propuestas espirituales.

Gnósticos, marcionitas, montanistas, adopcionistas, docetistas, arrianos… esa pléyade de supermercado espiritual suena sospechosamente moderna. De la idea de religión como un destino (en el mundo medieval), pasamos, tanto en el siglo III como en nuestro siglo, a la religión como una cuestión de elección personal.

La New Age, el mindfulness, la espiritualidad sin religión, los gurús, la autoayuda espiritual, tienen semejanzas impresionantes con aquel siglo (gnosis, ascetismo, profetas carismáticos, etc.) No identifico contenidos, comparo formas sociales de lo religioso. El desbordante pluralismo es muy parecido, con la muy singular diferencia que el siglo III estaba imbuido de trascendencia y el siglo XXI de inmanencia.

Esta transformación ha sido intuida también desde dentro del propio cristianismo. Meditemos, si les parece bien, sobre estas dos citas:

“De la crisis de hoy surgirá una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña y tendrá que comenzar de nuevo más o menos desde el principio. Ya no podrá habitar muchos de los edificios que construyó en tiempos de prosperidad. A medida que disminuya el número de sus fieles, perderá también muchos de sus privilegios sociales. Será una Iglesia más espiritual, que no presumirá de un mandato político ni coqueteará con la izquierda ni con la derecha. Será una Iglesia pobre y se convertirá en la Iglesia de los pequeños. El proceso será largo y fatigoso, como lo fue el camino desde las falsas seguridades del siglo XIX hasta la pobreza del siglo XX. Pero cuando haya pasado la prueba de esta purificación, brotará una gran fuerza de una Iglesia interiorizada y simplificada. Los hombres de un mundo totalmente planificado se encontrarán indeciblemente solos. Habrán perdido completamente la visión de Dios y sentirán el horror de su pobreza. Entonces descubrirán el pequeño rebaño de creyentes como algo totalmente nuevo. Lo descubrirán como una esperanza que les concierne, como la respuesta que siempre habían buscado en secreto”, Ratzinger (imaginó el futuro del cristianismo con una lucidez que hoy resulta sorprendente. Más que una predicción sociológica, esta intuición describe un cambio de paradigma: el paso de una religión cultural heredada a una fe minoritaria elegida)

“La modernidad no destruye la religión; la transforma en una memoria disponible. Las tradiciones religiosas ya no estructuran la sociedad en su conjunto, sino que se convierten en repertorios simbólicos que los individuos recombinan según sus trayectorias personales. El creyente moderno es un peregrino o un convertido, no un heredero”, Danièle Hervieu-Léger (tesis que comparte Innerarity)

Tal vez estemos entrando en una nueva Antigüedad tardía: un mundo plural, competitivo, espiritualmente inquieto, en el que la religión vuelve a ser lo que fue al principio —una elección personal en medio de muchas posibilidades.

La secularización no ha destruido la pregunta religiosa; ha cambiado su lugar. No el fin de la religión, sino el fin de la sociedad religiosa.

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