Conviene decirlo sin rodeos: el capitalismo es el sistema económico más exitoso de la historia humana. No el más perfecto —ninguno lo es—, pero sí el único que ha demostrado ser compatible con la libertad individual, la prosperidad masiva y la paz entre naciones.
Durante siglos, la pobreza fue el estado natural del ser humano. Miseria, hambre, mortalidad infantil, jornadas interminables y horizontes cortísimos. La humanidad vivía atrapada en una economía de suma cero: lo que uno ganaba, otro lo perdía. La mayoría de los hombres nacían, trabajaban y morían sin abandonar jamás el radio de unos pocos kilómetros.
Y entonces apareció el capitalismo.
Aparecieron la electricidad, los antibióticos, la calefacción, el ferrocarril, la nevera, el automóvil, el avión, Internet. Lo que durante milenios fue lujo de minorías pasó a ser rutina de millones.
Libertad económica es igual a libertad política. Alexis de Tocqueville lo entendió con lucidez profética: “Quien depende del poder para su subsistencia acaba dependiendo de él para su opinión”. La dependencia económica crea dependencia política. El ciudadano que necesita permiso para prosperar necesita permiso para pensar.
El capitalismo no solo produce riqueza: produce independencia. Y la independencia es el suelo de la libertad.
El capitalismo transforma la relación entre los hombres: donde antes había enemigos, aparecen clientes; donde había saqueo, surge intercambio; donde había conquista, aparece cooperación. Cuando los hombres ven en el otro una oportunidad de ganancia, dejan de verlo como una amenaza.
La historia sugiere que el capitalismo es condición necesaria para la libertad política. Ningún sistema ha hecho tanto por mejorar la vida del hombre común. Es, además, el único basado en el reconocimiento de los derechos individuales. Como escribió Schumpeter, el capitalismo crea, destruye y vuelve a crear, elevando continuamente el nivel de vida.
Por eso conviene decirlo sin complejos y sin pedir perdón.
¡Viva el capitalismo! ¡Vivan los capitalistas!
