Cerca del Carnegie Hall hay un pequeño hotel con puerta giratoria de cristal, números dorados y un acogedor piano bar, que en una ocasión ella eligió a ciegas. Con un sombrero de ala amplia, ahora lee en el vestíbulo. La cortina, iluminada por el sol a su espalda, devuelve los blancos y los azul celeste de la mesa frente a ella; la escena se llena de claridad y crea una atmósfera de silencio y contemplación.
Somos vividos por fuerzas que fingimos comprender. La literatura no es magia. En la medida en que la literatura —o cualquier arte— es auténtica, es la expresión clara de sentimientos mezclados. De nuestras disputas con los otros hacemos retórica; de nuestras disputas con nosotros mismos, poesía.
Reflexiones a propósito de Henry James: “La experiencia nunca es limitada, y nunca está completa; es una inmensa sensibilidad, una especie de enorme telaraña de la más fina seda suspendida en la cámara de la conciencia. Atrapa en su tejido cada partícula de aire en suspensión. Es el trabajo del novelista sentir y registrar estas impresiones”.
