Cabaleiro 189

«No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa», Ortega y Gasset.

Velázquez pinta la psicología del poder español; el Estado teatral, la corte cerrada, la jerarquía rígida, la realidad maquillada y la tristeza de fondo. España es Calabacillas: una mueca resignada en el centro del poder. Calabacillas sonríe… pero no hay alegría. Un país que se declara triunfante mientras presiente su declive. En el siglo XVII el imperio estaba exhausto tras bancarrotas y guerras interminables; en el XXI, lo que muestra fatiga es la democracia.

Hay cuadros que retratan a una persona y cuadros que retratan una civilización. El Bufón Calabacillas pertenece a esta segunda categoría: no es solo un retrato cortesano, sino una radiografía moral del poder español.

Velázquez pintó reyes, validos, infantes y generales, pero quizá ninguno de sus retratos es tan político como los de los bufones. Porque el bufón es el único habitante de la corte que no necesita fingir ser lo que no es. El rey representa la majestad, el valido representa la eficacia, el cortesano representa la obediencia; el bufón, en cambio, representa la verdad. Y la verdad, en el barroco español, adopta la forma de una sonrisa triste.

El barroco no desapareció: cambió de escenario. La corte se convirtió en parlamento, en plató televisivo, en rueda de prensa, en relato permanente. La política sigue necesitando ceremonias, gestos y personajes. El espectáculo continúa, aunque cambien los decorados.

Velázquez no ridiculizó al bufón: lo dignificó. Y al hacerlo dejó una intuición incómoda: la historia no pertenece solo a quienes gobiernan, sino también a quienes observan.

Calabacillas no ríe: amaga una sonrisa de quien ha entendido demasiado y ya no espera nada.

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