(A Elvira Lindo)
Permítame comenzar con un tono civil antes de discrepar amablemente con usted. Es cierto que importamos lenguaje cultural de Estados Unidos, como también lo es que las etiquetas generacionales pueden simplificar en exceso la realidad social.
Sin embargo, conviene recordar —como señalaba Jean-François Revel en «La obsesión antiamericana»— que Europa ha tendido con frecuencia a reprochar a Estados Unidos rasgos que ella misma ha adoptado o producido. A menudo se culpa a América de tendencias que, en realidad, son occidentales y globales. Este argumento encaja con la idea de que términos como «boomer» o «woke» no deben interpretarse como simple colonización cultural. Internet ha acelerado la circulación del lenguaje: no estamos ante una americanización, sino ante una globalización cultural del mundo occidental.
Más discutible aún me parece la división binaria entre privilegiados y desposeídos. Procede de una tradición intelectual respetable y útil, pero hoy resulta inevitablemente simplificadora. La estructura social contemporánea es mucho más compleja y se articula en múltiples ejes simultáneos.
A mi juicio, una de las grandes fracturas actuales es tecnológica: integrados frente a desconectados del mundo digital, una división que atraviesa generaciones y clases sociales. También resulta esclarecedor el contraste entre globalizados y locales, entre quienes viven con horizonte internacional y quienes permanecen anclados a marcos estrictamente territoriales. Y sigue siendo fértil el viejo binomio entre quienes poseen capital cultural y quienes carecen de él.
La sociedad no se divide solo en generaciones ni solo en clases: se organiza en múltiples líneas divisivas que se cruzan constantemente. El esquema binario resulta moralmente atractivo, pero sociológicamente insuficiente.
Tal vez culpar a América de nuestras palabras sea, en el fondo, una forma elegante de evitar pensar nuestras propias transformaciones.
