Cabaleiro 192

(A Carlos Boyero)

Me gustan sus críticas; son pasionales, caprichosas, impresionistas, arbitrarias. Hay una larga tradición en la defensa de la crítica de esta especie: subjetiva, parcial, incluso frívola.

La crítica no es más que autobiografía. El único argumento que cuenta es la aventura entre una mente y una obra. Amar y detestar, sin más razones. Dos joyas de Wilde: “El crítico verdaderamente grande jamás ve la obra como realmente es; la ve como él mismo es». Y también: “El desacuerdo con la crítica es simplemente la prueba de que el crítico es sincero.”

El núcleo de este enfoque es no preguntar o juzgar por normas abstractas; preguntarse tan solo qué efecto producen en ti las películas, los libros, los cuadros, la música. Y a partir de ahí subir o bajar el pulgar. El opinador no es juez, pero sí responsable de su sensibilidad. El registro de una impresión expresado con palabras ocurrentes o elegantes puede ser más que suficiente. No contar las obras, contarse en ellas, explicitar lo que te hacen sentir. Sugerir con el patrón de una sensibilidad y un gusto no demasiado destemplados. No dictar, compartir. No pontificar, emocionar. No una ciencia, entronizar un gusto. La academia lo convierte todo en seco polvo de tesis doctoral.

Basta una sola condición para la crítica: la capacidad de disfrutar y de detestar. Una voluptuosidad fosforescente del arte. Una licencia atada a la memoria y la experiencia. Ligera en forma, pero intensa.

Usted es un maestro de este noble linaje. Le expreso mi admiración. Un artista que trabaja con el arte de otros -y lo devuelve vivo.

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