Cabaleiro 196

La vida española real ha sido siempre más sensata que su vida política. El país real no es lo que aparece en los periódicos. La nación es la inmensa mayoría de los españoles que trabajan, viven, aman y esperan sin hacer ruido. Los hombres discretos, los hombres responsables, los hombres que trabajan con rigor y profesionalidad, son los que sostienen la continuidad histórica de los pueblos. La historia visible la hacen los agitadores; la historia verdadera la sostienen los hombres silenciosos.

Manuel Azaña distingue entre la España política y la España real. Así escribe: «La España real ha vivido siempre más allá del ruido y de la política». Y Ortega señaló algo muy pertinente: «La vida pública española ha padecido siempre una hipertrofia de lo político». Hay una civilización silenciosa: la de la competencia frente a la estridencia, el trabajo bien hecho frente al discurso vacío, la continuidad frente al espectáculo.

El progreso de un país no lo hacen los que hablan, sino los que trabajan. También yo percibo españoles moderados, educados, trabajadores, poco ruidosos, sostenedores de la patria. El ingeniero que vuelve tarde a casa, el arquitecto que resuelve un problema de cálculo de estructuras, el agricultor que digitaliza su granja, el cirujano operando a las ocho de la mañana… ellos son la savia que edifica España.

Contra el barullo ideológico recuerdo a George Orwell: «El lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen veraces y el asesinato respetable, y para dar apariencia de solidez al puro viento» («Politics and the English Language»)

Cuando el batiburrillo domina la política, la sociedad real sigue trabajando en silencio.

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