Charles 3

“Si los hombres han de permanecer civilizados o han de llegar a serlo, el arte de asociarse debe crecer y perfeccionarse en la misma proporción en que aumenta la igualdad de condiciones. La libertad no es el fruto espontáneo de ningún clima; es el resultado de leyes, de instituciones y, sobre todo, de costumbres”, escribió Tocqueville acerca de la magnífica combinación en Occidente de libertad política y gobierno limitado. En esa frase está contenida, casi entera, la historia política de Occidente.

Europa, Occidente, nació en peregrinación y en traducción. Aquí somos siervos de la ley para poder ser libres. La civilización occidental es la única que ha hecho del infinito su destino. Occidente desarrolló seis ‘aplicaciones exitosas’: competencia, ciencia, propiedad, medicina, consumo y ética del trabajo.

Pero Occidente no es solo un sistema político o económico: es una idea del hombre. Dante lo expresó con claridad inmortal: “Considerad vuestra estirpe: no fuisteis hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento”. Por eso nuestra civilización es el resultado de una larga disciplina moral. No es natural ni inevitable: es un logro frágil que debe ser defendido.

Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma. De ese triple origen surgió una cultura fundada en la dignidad de la persona, la libertad y la razón. Aquí se produjo la mayor concentración de energía intelectual de la historia humana: la ciencia exacta, la crítica histórica, la filosofía sistemática, el derecho universal, la idea de progreso y la conciencia del individuo. No somos una raza ni una geografía: somos una aventura del espíritu.

La grandeza de Occidente reside en haber descubierto al individuo. El hombre aprendió a contemplarse como persona singular, dotada de dignidad y destino propio. Durante siglos se cultivaron la educación del gusto, la disciplina moral y el respeto por la forma. No somos un territorio: somos una conciencia.

Por eso, cuando contemplamos regímenes que intentan regular los sueños, las lecturas y la vida privada, comprendemos mejor lo que está en juego. Allí donde el poder pretende gobernar la conciencia, la historia retrocede. Allí donde la crítica se convierte en delito, la cultura se marchita.

El régimen de los ayatolás representa exactamente lo contrario del espíritu occidental: miedo, censura y represión. Un sistema que teme la libertad porque sabe que la libertad lo disolvería.

Occidente no es perfecto, pero ha sido el mayor experimento de libertad de la historia. Y mientras exista un solo pueblo privado de ella, su defensa seguirá siendo una tarea moral.

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