DE VITA CAESORUM
Yo, Christian Sanz, decido morir.
Quién dice que el helado camino del suicidio,
misterioso y profundo,
sea tan solo desesperación o cobardía.
Reiné en China, en noches de lagos risueños,
en amaneceres con maniquís y coristas,
con tibia luz de linterna en los labios.
Escribí, aunque destinada al olvido,
una obra meritoria. Medité
bajo los porches del arcoíris.
E incluso no me venció del todo
el huracán de la locura
¡Basta!
Arribé a Ítaca sabio de lo vivido;
que mi último espasmo
dibuje el hermoso rostro de mamá y Noemí.
No es triste abandonar a voluntad la vida
como no son tristes las calles azules
de Barcelona o los madrigales
rebosantes de agua.
Un último gesto definitivo.
Se rinde solo mi inteligencia.
Adiós, queridos.
Las piezas del tablero en orden.
