Charles 12

No soy creyente. No practico sacramentos ni afirmo la Revelación ni la existencia de Dios. Y, sin embargo, no puedo dejar de reconocer que soy —en el sentido más profundo— culturalmente cristiano.

Europa no es solo una expresión geográfica; es una forma espiritual nacida del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma. El cristianismo no fue un elemento accesorio en esa síntesis, sino su fuerza estructuradora. Modeló la idea de persona, dio densidad moral a la conciencia, introdujo la historia como camino con sentido y universalizó la dignidad humana más allá de la tribu y de la sangre.

No afirmo que todo lo valioso en Occidente proceda exclusivamente del cristianismo; sería una simplificación. Pero sin él resulta difícil explicar por qué la dignidad de cada individuo llegó a concebirse como infinita, por qué la compasión adquirió rango superior a la fuerza, o por qué la moral se entendió como universal y no meramente tribal. El universalismo igualitario que sustenta los derechos humanos no nace en el vacío: se alimenta de una larga sedimentación moral en la que el cristianismo desempeñó un papel decisivo.

La Iglesia fue, durante siglos, matriz cultural, custodia de memoria, transmisora de saber y principio de continuidad en tiempos de fractura. Incluso quienes hoy nos situamos fuera de la fe seguimos pensando con categorías que ella contribuyó a forjar.

Acepto la dignidad intrínseca de la persona. Entiendo el tiempo como historia abierta, no como eterno retorno. Valoro la compasión, el perdón y la caridad como virtudes superiores. Celebro símbolos y ritos heredados que han dado forma a mi sensibilidad estética y moral.

Tal vez sea posible que el edificio moral sobreviva separado de su fundamento religioso. No lo sé. Pero sé que, al negar toda raíz cristiana, Europa no se vuelve neutral: se vuelve amnésica.

No creo. Pero tampoco puedo fingir que no provengo de ahí.

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