EL ESPÍRITU DEL POETA
(Christian Sanz, 1971-2026)
Se adormecieron sus nervios y sus huesos
-su claridad permanece-,
pero en los húmedos y melancólicos otoños
regresa su espíritu a los montes de musgo,
y desciende derramado por riberas de oro,
hasta cobijarse en la luz entre la niebla.
Nada pide, nada teme.
Ha partido a su descanso.
Nadie puede ya increparlo
(alguien lo siente pasar)
ni lacerar su pecho. No se ofuscó;
sirvió –honrándola- a la cultura humana.
Sostuvo con ironía lo que amaba.
Su obra –aunque caduca y olvidada
en el laberinto del tiempo-,
pisó las sombras del Palacio Barberini,
y fue ala entre las olas inútiles de Venecia.
Aceptó el olvido, como se acepta la noche.
Respetad, lectores, el inmenso latido
de sus palabras, los ojos extrañamente
sorprendidos por flores de hielo.
La belleza flota, aunque no la salve nadie.
Descansan sus cenizas entre
Bach, Tácito y Frescobaldi. Brotan cuchillos
en el ocaso del cielo. Aquí está su espíritu,
entre muros que ignoran el mundo.
Con el limo de los ríos vivos
refresca la orilla
su vivir quieto y civil
