¿QUÉ SERÁ DE ELLOS?
(A José María Álvarez, maestro de lecturas)
El sol, alejándose de los ventanales
va sumiendo la biblioteca en una penumbra grata, piadosa.
Contemplas los lomos de los libros que te han acompañado,
que te han convertido en lo que eres.
Hospitalarias letras doradas.
Continúas la lectura, otra vez más,
de la “Vida de Samuel Johnson”, y tus ojos
miran fijamente “La Comedia” de Dante,
lo tomas entre las manos, te emocionas,
tipografía gótica redonda, texto a dos columnas,
40 líneas por plana, espacios para iniciales rubricadas;
algunas iniciales en rojo y azul añadidas a mano.
Sin foliación impresa. Encuadernación
en pergamino flexible posterior.
Tocas algo sagrado, tus dedos
pasan las páginas con temor y asombro.
Vuelve a tu memoria aquella mañana en París,
olor a papel antiguo, ese instante exacto
cuando compraste la “Histoire de la Révolution française”,
y lo feliz que fuiste después leyéndola.
Caminar sin rumbo por el Sena.
En el fondo no saliste nunca de tu biblioteca,
del resplandor de oro y sangre de Stendhal,
la seda de ámbar de Horacio,
el mármol veteado de carne joven de Kavafis,
la verja historiada de misterios de soledad de Proust,
Flaubert y tu amistad con Montaigne,
Hayek igual a un manantial de luz al sur,
Hume como rocío tenaz del cielo,
el matrimonio Kneale y su prosa
de ojos con ungüentos de hadas,
la lucidez de láudano y cipreses de Baudelaire…
Ellos te hicieron y tú los custodiaste.
Todos, mirándome y conmigo. Cuando yo no esté,
¿Qué será de ellos? ¿Dónde irán?
¿Cedérselos a la diócesis de Orense?
¿A alguna biblioteca universitaria?
¿A mi hermana? Despedazarán y dispersarán la biblioteca.
¿Legarlos? ¿Venderlos? ¿Pero, a quién?
Los miro con amor y tristeza. Pronto nos separaremos.
Ya es de noche. Se oye el golpear
de herraduras de lejanos caballos rojos. Se cierne sobre
mi biblioteca una fatal y última penumbra.
